
Estamos en silencio, mientras algo en nuestro interior nos grita. Todo lo que nos pasa, lo que sentimos, se exterioriza de mil maneras. Las palabras siempre terminan manifestándose. Y la única forma en que podemos controlar cómo se manifiestan, es mediante el habla. Porque podemos controlar lo qué decimos, y lo que no, pero no podemos controlar lo que debe ser dicho. Todo aquello que debe salir, saldrá. Y todo lo que callamos se acumulará, poco a poco, casi sin darnos cuenta, en
nuestro interior. Hasta que estemos llenos. Hasta que desbordemos. Y
nuestro cuerpo grite.
Son desgarros interiores los que intentan despertar nuestra
consciencia, hacernos saber que debemos hablar. Despertar del sueño en
el que el silencio domina y nos impide expresarnos. Porque todo aquello
que nos hace mal, necesita salir, necesita fluir, necesita irse. Los
sentimientos son esclavos de nuestro ser que sólo pueden ser liberados
por medio de palabras.
Entonces entendemos que para no desbordar,
necesitamos hablar.
Entonces entendemos, que cuanto más callemos, más vamos a gritar.

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