
Los encuentros son situaciones movilizantes. Ya sean espontáneos, o intencionales, cada encuentro deja en nosotros huellas, para bien, o para mal. Cada relación que entablamos con quienes nos rodean nos transforma. Y es por eso que estamos en constante cambio. Pero no siempre estos encuentros son deseables. Muchas veces evitamos, lo mejor que podemos, que un encuentro suceda. Y comúnmente lo hacemos cuando se trata de un reencuentro. Cuando se trata de enfrentar, una vez más, aquello que ya conocemos, pero esquivamos. Intentamos evitar aquello que no nos es agradable. No queremos ver.
Hay veces que para evitar este reencuentro nos llenamos de momentos superficiales. Construimos no para crecer, sino para tapar. Levantamos un muro entre nosotros y aquello que nos desagrada. Y pueden pasar días, meses, años, y creemos que lo hemos logrado. Pero algo nos falta. Después de tanto construir, de poner tanto empeño en intentar dejar afuera lo que no queremos ver, aquello que rehusamos enfrentar, nos damos cuenta que no hay muro que nos pueda alejar de la realidad. Nos damos cuenta que, aunque pongamos nuestro mayor empeño, jamás vamos a estar completos si no nos permitimos un reencuentro. Cuando estamos solos, cuando dejamos de lado la superficialidad que nos rodea, podemos iniciar el camino hacia ese objetivo. Y reencontrarnos con nosotros mismos, con esa parte nuestra, interior, profunda, desnuda, que es tan complicada como necesaria.
Solo cuando aprendemos a convivir con nuestra soledad, es cuando realmente entendemos que aquello que evitamos es lo más valioso que tenemos: nuestra esencia, nuestro ser. Solo ahí, sin depender ni nada ni nadie, podemos enfrentar la vida sin miedo, porque va a haber alguien que nunca te va a abandonar. Vos.


