
Empecé a perder cosas, y no entendí cómo ni por qué. De repente algo me fraccionó y mis partes se alejaron de mi. Y ahí me quedé, parado, sin reacción. Mi dolor era la sombra de un alma perturbada. No había lágrimas por llorar, ni lamento por gritar. No había nada.
Y aunque miraba a los costados, solo estaba lleno de rostros vacíos, sosegados por la incapacidad de acción. Mientras tenía que ver como todo sucedía, y nadie lo detenía. ¿Por qué no se detenía?. No había caso, era demasiado tarde.
Mi desesperación al quedarme inmóvil, mientras todos avanzaban, me consumían en un círculo sin fin abriendo las cicatrices de un dolor incesante. Atrapado en la ausencia del todo, la impotencia misma me dió el último golpe que me dejó sin armas. Sin vos. Sin nada.

