
Nunca había sentido un dolor cómo este. Parece que todo se mueve, todo se torna inestable. Aquello que creía controlar se escurrió por mis manos cómo agua. Hasta las lágrimas iban contra mi voluntad. Creí tener un poder que nunca tuve, un derecho que no existe. Me creí trascendental en una vida llena de momentos efímeros, no entendí que yo era uno más. Me autoimpuse un castigo creyendo tal vez que así podría controlar la situación, y otra vez me equivoqué.
¿Cuándo fue que empezó esto? me pregunto. No lo sé exactamente, me contesto. Sólo sé qué me equivoqué y, cómo cualquier ser humano, no estoy excento de eso. Pero también sé que no quiero arrastrar a nadie con mis errores. Fui arrastrado muchas veces y no es nada agradable. De todos modos, ¿quién soy yo para juzgar? Nadie. Y es por eso que sos libre, cómo siempre fuiste, y cómo siempre deberías serlo.

